¿Ya estuvo no?, hace ya casi dos años de que la APPO desquiciara al gobierno de Oaxaca y en ese estado no hay novedad, siguen las muertes y desapariciones de quienes muchas veces reclaman sólo su derecho a existir.

El fenómeno de las radios comunitarias en México, a las que con tanta prisa trataron de borrar nuestros representantes por obra y gracia de la llamada ley televisa, resultan ser los últimos reductos de democracia y libertad de expresión en muchas de las zonas más marginadas y pobres del país. Esos lugares a los que las promesas de modernidad del Lic. Ávila Camacho nunca llegaron, a dónde las promesas del neoliberalismo de Salinas omitieron de sus cálculos y que para Fox y Calderón son reductos exiguos y moribundos de un mundo que no comprenden.

El pasado 7 de abril del 2008, Felicitas Martínez y Teresa Bautista, dos indígenas triqui oaxaqueñas de San Juan Copala y locutoras de “La voz que rompe el silencio”, pequeña radio comunitaria como lo son todas, fueron asesinadas por un grupo fuerte armado que al parecer pretendían secuestrarlas por la denuncia constante que han realizado de las múltiples violaciones sexuales cometidas por los caciques de la región.

Otro crimen más en Oaxaca, una voz crítica más que es silenciada por el ruido sordo de un disparo y un motivo más para aborrecer a quienes son incapaces por torpeza o invalidez de procurar justicia. Ya estoy harto de ser botín político de esos cabrones que viven como reyes a costas de la miseria y de vivir en un país que no es lo que la televisión insiste que es o lo que Calderón o el peje piensan que debería ser.

Los pueblos indígenas no piden nada porque no saben mendigar nada, son orgullosos porque han sobrevivido a su genocidio y poco requieren porque saben organizarse y gobernarse. Demandan autarquía, respeto y reconocimiento de sus derechos como mexicanos de primera clase. Las pinches mañas del PRI, esas no son usos y costumbres.

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Oscar Alvarado La Jornada / 5 de octubre de 2007