Hace semanas entró en debate la propuesta hecha en el DF sobre la despenalización del aborto y el dar la posibilidad a las mujeres que así lo decidan de realizar la interrupción controlada de un embarazo no deseado.

Rápidamente surgieron grupos tanto a favor como en contra de la iniciativa, presentando por igual argumentos razonables y validos, pero en ningún caso científicos, ello debido a una sencilla razón. La ciencia tiene la finalidad de conocer, comprender, explicar y tratar de controlar a la naturaleza, pero no de emitir opiniones o juicios de valor, situación a la que lleva el valorar si un ovulo fecundado es ya una vida o si la mujer puede disponer de una parte de su cuerpo que no le es totalmente propia.

El asunto es en verdad complejo, pero es más que simplemente la discusión de los “fanáticos” contra los “progresistas”, ambos escudados en presupuestos metafísicos o utilitarios que en nada se relacionan con la ciencia. Por ende el debate está mal planteado, pues la libertad de elección de la mujer y el respeto a la vida son situaciones morales que apelan directamente a las emociones de un país, en el que dicho sea de paso el aborto existe (estimaciones de ONGs hacen pensar en alrededor de 500 000 abortos anuales) y afecta sobre todo a quienes menos tienen.

Como dije la respuesta no es fácil y mucho menos evidente. Pero, de aprobarse la iniciativa, establecería el reconocimiento de una realidad lacerante que sólo podrá atenuarse con una buena educación sexual temprana y el crecimiento en valores, sin que por ello se incluya o excluya a la castidad, como única opción, porque no lo es.

Asunto difícil entre negar un derecho para respetar otro.


Imagen: Clidren of Men